domingo.
a veces soleados, a veces nublados; como mi habitual estado de ánimo.
Lejos del bullicio de la ciudad, aunque no hay silencio, todo está realmente en calma;
presiento que la lluvia se avecina, pero, en este medio tiempo en el que nada sucede
el viento sopla tan apacible ofreciéndole una momentánea calma al torbellino que llevo dentro.
Soy libre de suspirar, de berrear, gritar y patear un dolor añejo que me tiene oxidada hasta el alma,
esa combustión tan lenta que me ha ido corroyendo cada rincón con el paso del tiempo,
como la brisa del mar que terminó consumiendo aquella misteriosa embarcación que solía admirar de pequeña;
así me encontré un día cualquiera: desmoronándome a pedazos, dejando partes de mí en el camino
y continuando sólo con lo que aún se sostiene frágilmente en su lugar: mis ideas, mis temores y mis necedades.
Alguna vez pensé que el cambiar de lugar haría de mí una persona diferente,
qué ingenua, llené mis maletas de todo aquello que pretendía abandonar.
Lo cierto es que el vacío no estaba en aquél lugar, el vacío soy yo, y la soledad fue lo primero
que me cargué a los hombros antes de salir huyendo de a donde pertenezco.
Pero hoy es domingo...nada me recuerda más a mi hogar que días como éste,
en el que no hay nadie más en casa que yo y mi amargura, yo y mi pseudo poesía
yo y la irónica tragicomedia que planeaba escribir, una autobiografía que jamás será un best seller.
estoy lejos, muy lejos de casa, pero aún más lejos de todo aquello que realmente me importa
y me hace vivir, aquellas cosas de las que nunca supe realmente su dirección y no entienden de distancias.
éste día de la semana aquí, sería como en cualquier parte del mundo a la que hubiese decidido ir a vivir;
sigo siendo yo y esta necesidad de soledad para desahogarme sin sentirme expuesta.
De cualquier manera y en cualquier lugar, ésta melancolía seguiría cercenando partes de mi existencia.
Sola por elección como he convencido a algunos, pero la verdad es que nunca fue una opción;
es la única manera en la que sé estar en paz conmigo misma, haciéndome intolerante a tiempos prolongados
de compañía humana, o mejor dicho, desacostumbrada a alguien invadiendo lo único que es mío: mi tiempo.
Es que no sé ser otra cosa más que egoísta, me gusta apreciar en soledad pequeños detalles que sé, nadie más apreciaría tanto como yo; escuchar música a lo lejos y reconocer la canción, adivinar a qué huele el viento hoy, ver al cielo y leer en las nubes el cuento del día, pasar mis dedos por estas viejas y rugosas paredes, que en clave morse me cuentan la historia de los que han pasado por aquí, poner un poco de música y hacer de los recuerdos evocados por la melodía un álbum de fotografías en sepia.
Yo no sé que haría sin mis domingos de cavilaciones, yo no sé que haría rodeada de gente los 7 días de la semana... aunque algo me dice, muy dentro de mi reprimido instinto de compañía, que hay alguien con quien podría compartir esta soledad y aunque estando dos en una sola habitación, podríamos llegar a ser una...
algo dentro de mí insiste en pensar que soy una persona incompleta, y este vacío es la ausencia de la otra alma que debería completar las frases inconclusas sueltas en el viento; ¡cursilerías! grito para mis adentros...
sin embargo la sigo buscando en las calles, he llegado a soñarla y sentir su abrazo...pero no sé quién es...
y el domingo transcurre... y ahí va, otro fragmento de mí elevándose en el viento.
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